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miércoles, 30 de mayo de 2012

Embriagarse con tinta. Presentación, booktrailer, crítica y entrevista

Cartel


Booktrailer

Crítica

En la solapa de este libro afirma su autor, con un gesto de pudor, no ser escritor, al mismo tiempo que confiesa su pasión por la escritura, paradoja que el público ha de resolver mediante la lectura de los setenta y ocho textos breves que conforman las páginas de este Embriagarse con tinta que acaba de salir y que recoge una buena parte de las que durante los últimos diez años fueron columnas publicadas en las páginas de este mismo periódico, más un relato final —asomo, quizá, de un Palomeque oculto— de género negro y escenario bonaerense, en el que el azar mata mejor que la pistola. Por delante, el índice va encabezado por una veintena de fragmentos de una suerte de memorias que van del recuerdo infantil del mito futbolístico a la evocación de las amistades en el locus amoenus serrano, a los que siguen luego capítulos que ponen de manifiesto su debilidad por el cine, los libros y la música clásica, así como su opinión, desde una esquina del escenario, sobre asuntos relativos a la historia, la política, la sociedad y —cómo no—la universidad, con un último apartado de secuencias del Grand Tour de quien es también un viajero con mirada avisada.
En todo este recorrido brilla una escritura que sería cervantina si no fuera porque la ironía en ocasiones alcanza puntos de socarronería que el lector agradece porque marcan una prudente distancia que anula cualquier intención que pudiera parecer moralizante en quien no deja de ser un didacta, alejamiento que en todo caso entiendo como sabiduría de autor que tiene por averiguado que el público de hoy no está para ínfulas.
El ágil estilo, pues, con que está escrito y armado el libro hace que el lector se conduzca con voracidad (qué mejor elogio para un autor que ese tópico), a tal extremo que por ejemplo después de leer el texto titulado “Vienna y Johnny” este que firma no paró hasta volver a contemplar la película a que hace referencia, Johnny Guitar, porque la simple descripción de una escena impulsa a hacer una relectura del film con ojos distintos. Voracidad que no estorba para que el lector recule más de una vez sobre la misma página ante las reflexiones que Palomeque desgrana por aquí o por allí sobre lo uno y lo otro, meditaciones al cabo que agrandan el valor de lo que pasaba por ser un comentario, valga el ejemplo del que hace sobre el concepto del arrepentimiento en el texto titulado “Ingrid Bergman”.
Todo ello está hecho, como digo, en el espacio contenido del género de la columna, en el que el autor nada con la solvencia del buen conocedor de sus técnicas, donde la economía lingüística no es óbice para la brillantez estética, donde la contención argumental no impide el hallazgo verbal. Leídos ahora de corrido nos ofrecen una visión de los vientos que mueven a Palomeque a poner por escrito su pálpito del mundo y se convierten en una reflexión lúcida sobre el devenir de la cultura, del hombre en sociedad y de las vicisitudes de la vida.
José A. Sánchez Paso, La Gaceta Regional de Salamanca, Domingo a fondo, 27 de mayo de 2012

Entrevista

Entrevista de Antonio Casillas, La Gaceta Regional de Salamanca,
 27 de mayo de 2012.

sábado, 12 de mayo de 2012

Embriagarse con tinta. Propósito y prólogo


Manuel Carlos Palomeque López
Embriagarse con tinta
Editorial Comares, Colección La Vela Narrativa, Granada, 2012, 248 pp.
Prólogo de Antonio Colinas
Pintura de cubierta de Miguel Elías
Propósito

«Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente».
De este modo, elocuente donde los haya, confesaba Gustave Flaubert, en carta dirigida desde Croisset el primer día de 1869 a su amiga y maestra George Sand, su pasión febril por la escritura y la creación literaria. «[…] ¡Por más que sea arisca [proseguía el autor de Madame Bovaryen en el mismo párrafo, haciendo gala eso sí de su proverbial misoginia], la Musa da menos disgustos que la Mujer! No las puedo poner de acuerdo [enfatizado en el original]. Hay que optar. ¡Elegí ya hace mucho tiempo!».
Es verdad que el escritor ya había hecho saber esta opinión muchas veces, pero acaso nunca de manera tan bella y rotunda como en otra carta a la escritora Marie Sophie Leroyer de Chantepie, fechada asimismo en Croisset aunque diez años antes, el 4 de septiembre de 1858: «La única forma de soportar la existencia consiste en aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua. El vino del Arte causa una larga embriaguez y es inagotable».
Se haga con tinta o con ordenador, lo cierto es que la “embriaguez de la escritura” se ofrece a quienes decidan sumirse en ella como esa vaporosa condición doble que, por un lado, impulsa a uno a adentrarse con gustoso temor en su lógica acaparadora y, por otro, le es proporcionada cual misteriosa retribución tan pronto como inicia el relato de palabras y oraciones. Yo no soy escritor, aunque desde luego escribo (¿se puede no ser aquello que se hace?), pero el sueño literario es para mí, ya lo dije en otra ocasión semejante, el anhelo por escribir, por hacer discurrir a través de la palabra escrita y de la construcción sintáctica «la visión propia de los procesos sociales y de los comportamientos de las personas, a propósito de los más variados pretextos» (M. C. Palomeque, El festín de la palabra, 2004). Y, permítaseme la confesión, yo “me embriago con tinta” todo lo que puedo. Leo y escribo, escribo y leo, que tanto monta, pero no leo, tal como el mismo Flaubert aconsejaba que se hiciese a Leroyer de Chantepie en una de las cartas referidas, como leen los niños, para divertirse, ni como leen los ambiciosos, para instruirse, sino «para vivir».
Embriagarse con tinta recoge, así pues, una amplia selección de textos de opinión y de creación literaria de mi autoría, casi todo ellos ya publicados entre 2004 y 2010 (alguno rescatado de fuentes anteriores) y procedentes también en su mayor parte de la colaboración periodística que he mantenido durante algo más de seis años en La Gaceta Regional de Salamanca, con el propósito decidido, al igual que ya había sucedido con una antología anterior, de que «juntos en un libro, se salven de la volatilidad aneja a la prensa y sean fácilmente consultables por los lectores» (F. Lázaro Carreter, El nuevo dardo en la palabra, 2003). Se reproducen naturalmente en su literalidad originaria, a salvo si bien de alguna esporádica actualización de estilo e índole menor, amén de su obligado paso por las nuevas reglas ortográficas de la lengua española acerca de las tildes.
Los ochenta y seis artículos y un relato incorporados a este libro han sido agrupados de modo sistemático en nueve capítulos, más allá por cierto de su cronología propia y en razón por tanto a la pertenencia temática de cada uno y al juego consiguiente de sus afinidades respectivas. Aunque es verdad que no pocos admitirían sin forzamiento una adscripción múltiple, en la medida en que los criterios utilizados para la división capitular de la obra no son homogéneos, como se verá de seguido, exhibiendo por momentos un calculado solapamiento.
El capítulo primero incorpora, con el felliniano título de Amarcord, hasta veintidós recuerdos de la mano de otros tantos textos de carácter personal y autobiográfico, a modo de repaso discontinuo a mi memoria, larga ya, a través de un selectivo muestrario de la misma, en el que desde luego «los tiempos y las personas que objetivamente han desaparecido, no han desaparecido en mí, en modo alguno, y la prueba son estas mismas páginas» (J. Marías, Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás, 2008). Pero es claro que mis recuerdos están presentes y son evocados también, ¡cómo podía ser de otro modo!, en numerosos textos de los restantes capítulos del libro, con la sola diferencia en su contra de que no han merecido ser tratados como tales y que no disponen por ello de butaca propia en la rememoración oficial.
Los demás capítulos siguen ya, por su parte, un orden temático horizontal: cine y películas, libros, escritos y lecturas, música y músicos, historia y política, sociedad, universidades y universitarios y viajes. Para concluir con un relato que se incluye a modo de estrambote (En el Café Tortoni) y que luce desde el principio entre sus páginas un magnífico dibujo de Miguel Elías. Dentro de todo lo cual, no puede decirse que la adscripción plural de los textos no sea visible ciertamente en la mayoría de ellos. Referencias entrecruzadas entre cine y música, menciones y comentarios a libros y escritos que se esparcen por doquier, asuntos sociales y universitarios indistintos, viajes más allá de los viajes tenidos formalmente por tales, son así, entre otras más, algunas de las pruebas de la interconexión temática que ofrece el conjunto de la obra. Porque, lejos de tratarse ahora de una amalgama de piezas dispersas, pese a haberlo sido en efecto en origen (se recogen en el texto al final las procedencias o créditos de cada título), el libro responde decididamente a un propósito unitario cuyo telón de fondo se levanta con la mirada plural que dirijo al teatro del mundo en que vivimos.
Todo ha sido posible, a fin de cuentas, por la impagable confianza que tanto mi amigo José Luis Monereo como Editorial Comares han extendido sobre este proyecto literario que desde luego mucho agradezco. También mi gratitud superlativa a Antonio Colinas, poeta y escritor exquisito y de extraordinario relieve, cuya generosa predisposición a prologar este libro mucho me enorgullece, más allá a buen seguro de la relación de amistad que nos une desde hace tiempo y de la admiración agrandada que le profeso. Y, en fin, a Miguel Elías y a su pintura emocionante y persuasiva que de nuevo, y ya son muchas las muestras de entrega del artista y amigo hacia mi persona, ilustra la cubierta de un libro mío y sume a quien esto escribe en algo muy cercano a la felicidad.
Manuel Carlos Palomeque
Sequeros, marzo de 2012


Prólogo

La palabra en libertad (fundamentada)

Estas palabras de salutación para el libro del profesor Manuel Carlos Palomeque, bien podrían haber sido otras. Por ejemplo: “La dimensión humana del especialista”. O: “La fe en la cultura como sustrato de la vida”. Pero enseguida comprenderíamos que habríamos caído en la fijación de tópicos. Los tópicos que, evidentemente, albergan algo de verdad, pero no toda la verdad. Y es que estos textos –ofrecidos aparentemente bajo la apariencia de recopilación de artículos– son en realidad mucho más, con lo que el libro adquiere una dimensión más abarcadora: es una obra creativa y de creación unitaria, y no es una mera recopilación de textos, una obra de aluvión.
Quizá para librarse de cualquier tópico a la hora de las valoraciones, el profesor Palomeque ha optado por introducir en el título de su obra un término, “embriargarse”, que libra a su mensaje de cualquier interpretación esclerotizada, de cualquier fácil aproximación, de cualquier erudición huera. Y no es que con él nos sumerjamos en un sentir y en un pensar entregados a lo meramente dionisíaco, a un tipo de embriaguez que conduce al vacío o al olvido, a la ausencia de testimonio o al alarde “culturalista”. Estamos, por el contrario, ante unos textos que remiten a la embriaguez de sentir la escritura como expresión suprema de cultura y, por extensión, por expresión amena de vida.
Porque sobre todo hay vida en estos textos ágiles e inteligentes, que siempre nos llegan avalados por una cultura no de oropel, sino asumida, vivida. El cine, la música, la literatura, no aparecen en esta obra como alarde erudito o relleno para impresionar, sino que son la misma fuente originaria del sentir y del pensar, del cada día de este profesor que, además, se ha permitido el lujo de crear estos textos, de ser un escritor. Sí, escritor siendo a la vez un brillante especialista en un campo tan específico como es el del Derecho del Trabajo. Por eso, escribía antes que estas páginas mías podían haberse titulado también “La dimensión humana del especialista”. Es decir, Manuel Carlos Palomeque es maestro ejemplar en una materia muy concreta, pero no por ello está dispuesto a caer en la aridez o el exclusivismo sin salida de algunos especialistas. En él se dan también una actitud valiente y una sensibilidad ávida de otros saberes. Y esto es lo que le conduce, a él y a sus textos, a la libertad creadora, a un tipo de saber que se nutre de muchos saberes.
Aquí radica otra de las características primordiales de este libro: en él los mensajes que se nos transmiten se interrelacionan, dándose lo que el autor reconoce como “referencias entrecruzadas”. No se hallará por tanto en estas páginas huella alguna de dogmatismo. Estamos ante un ser que siente y piensa (y escribe en este caso) con libertad. Y escribe, sí, como escritor que es. Es necesario que insistamos en este punto porque hay un momento en el que Palomeque duda y se plantea de manera expresa una pregunta: “¿Yo soy escritor?” Desde luego que lo es.
Para ello basta someter a su libro a la primera de las pruebas a la que cualquier obra literaria que se precie debe someterse: la de la amenidad, la del probar a quedarse atrapado en la lectura. Por eso, comenzamos a leer y ya desde los primeros capítulos comprobamos que no estamos ante unas páginas que se rellenan, ante una simple recopilación de datos, sino ante una obra de sentido unitario, muestra de creación viva. Avanzaremos en la lectura, superaremos esa prueba que los libros exigen de haber llegado a la veintena de páginas, y seguiremos atrapados en cuanto se nos dice, en estas prosas jugosas que, a la vez (y más allá de la orientación temática de las secciones), responden a un afán global de explicar la realidad feliz y gustosamente.
Con ello, el profesor Palomeque no ha hecho otra cosa sino sentirse fiel al criterio machadiano de que, ante todo, el poeta (el escritor) debe ceñirse a expresarse sin rigores teóricos, para decir simplemente lo que su ánimo quiere y debe decir. Fluye así esta prosa con naturalidad, sin falsos aderezos, y en ello radica otra de esas virtudes primordiales que yo quisiera dejar fijadas con estas escasas palabras.
Hay también en el embriagarse escribiendo (no olvidemos el título de su anterior libro, El festín de la vida, 2004), una fidelidad a la memoria, ese manantial sin el cual la palabra del escritor no es nada. No es raro, por ello, que más allá de las muestras vivas de la cultura expresada a través de películas, lecturas y melodías, el autor se remonte a la memoria primera. De aquí que cite el delicioso arranque de la obra maestra de Marcel Proust para recordarnos a esa madeleine de la que puede brotar el manantial de la memoria infantil: un viaje al norte, unas vacaciones, una bicicleta, una playa, una película, los primeros tebeos y novelas, la contemplación de un determinado paisaje infantil o de ciertas vivencias… Son las raíces de lo que luego el escritor, la persona, va a llegar a ser en su madurez plena. De ahí que también debamos decir que Palomeque, el autor de este libro, es una persona con raíces. Ello es lo importante y por eso su estilo posee quizá el don de lo escueto, de la brevedad, que no siempre es fácil. También la ausencia de lo monotemático, pues entre la crítica a una película sobre Di Stefano a la ascensión a la Peña de Francia, temas y circunstancias discurran sin reservas. Y ese relato final, en el que el artículo o el breve ensayo tiende de una manera más osada a la narración pura.
Muchas cosas debieran decirse sobre el fundamentado sustrato cultural que posee este libro. Nos bastaría con subrayar algunas inteligentes valoraciones de determinadas obras (aquí, por ejemplo, por citar una sola de ellas, la de Guerra y paz de Tolstoi), en las que se busca el sentido de universalidad. Es madrileño el autor, pero sabe sentir y no olvidar sus contemplaciones en Galicia o en Sequeros; y, por supuesto, la ciudad en la que vive, Salamanca, está traspasada de ese sentido de universalidad. La presencia de Rostropovich con la London Symphony Orchestra en la ciudad del Tormes, o los conciertos de El Mesías y el Amadigi de Gaula de Händel, apuntan hacia dónde está para él –junto a sus lecciones universitarias– la Salamanca esencial.
Algo hemos dicho ya de la libertad que empapa estos textos, que se manifiesta tanto en la interpretación de las obras artísticas como en las vivencias (sutil y hermosa la anécdota del estudiante de Derecho y su contrabajo). Ironías como las mostradas hacia los best-sellers o hacia el cine de Garci acompañan la valoración positiva de las grandes obras del clasicismo literario o cinematográfico. A veces, el lector siente como su misma memoria se aviva al contacto con anécdotas con las que nos identificamos. Así, el Evgeni Onegin de Chaikovski, que Palomeque escucha en Munich, nos recuerda al que nosotros escuchamos un día en Budapest y su fervor por la ópera italiana me recuerda al de mi admirado Stendhal, –rossiniano por excelencia–, el cual huía de Milán en su carruaje (ciudad, por cierto, pródiga en óperas) para asistir a más secretas representaciones en un teatro de madera que había en la Piazza Vecchia de Bérgamo. Para llegar a esta ciudad nos dice en su Journal que recorría, ¡entonces!, “el paisaje más bello del mundo”.
Supera este libro la prueba de abordar temas más delicados, muy de nuestros días, como pueden ser los de sociedad o política. La razón le salva a Palomeque de cualquier apasionamiento extremo o del sectarismo. No encontraremos en estas secciones las valoraciones de lo que él llama los “criticastros”, ni creerá con Hobbes que “el hombre es un lobo para el hombre”. Hay siempre en las páginas que siguen –quizá porque las abrillanta la ironía y el fino humor– una pátina de liberalidad y de esperanza que rehúye cualquier secuela de dogmatismo. No le pasan inadvertidas las masacres de la historia y las acometidas de los totalitarismos, pero reservará su ironía para este país nuestro conformado paradójiamente por “naciones” y “nacionalidades”. Viva se recuerda la corrupción urbanística y la presencia de “prelados dirigentes”, pero siempre lo que para él cuenta será una política con “la buena salud que se merece”, la democracia concebida ante todo como una “actividad racional”. (Aquí su fundamentado recuerdo para la idea de otro escritor, para otra lectura: el Lampedusa de El Gatopardo, para la afirmación de que es fácil y estúpido que se pretenda que todo se reforme para que, en el fondo, todo quede igual.)
No debe el prologuista decir más. Ni puede añadir algo que no sea animar al lector a que se sumerja en las páginas que siguen con la seguridad de que no se sentirá defraudado. Liberalidad, amenidad, inteligencia, sustrato cultural fiable, vida sin máscaras, convincente amor a las distintas artes, son presencias que a cada momento avalan la fluidez y validez de los textos. Sí, es posible la “embriaguez de la tinta”, la embriaguez de la escritura, los frutos que la mente del especialista ofrece cuando abre su mente (y sobre todo su corazón) a los demás.
Antonio Colinas
Salamanca, marzo de 2012

domingo, 29 de abril de 2012

La voz dormida al lado de la boca




 La voz dormida (2002) es la última y extraordinaria novela de la escritora extremeña Dulce Chacón, que desaparecía prematuramente poco después de haberla escrito. Es un apasionante relato sobre el miedo y el silencio que lo acompaña siempre como el botón al ojal (la novela está dedicada por cierto "a los que se vieron obligados a guardar silencio"), sobre la crueldad y el fanatismo religioso, sobre la represión y la tortura de que fueron víctimas durante la primera posguerra miles de mujeres de la prisión de Ventas en Madrid y, con ellas, todos los presos de la cárceles franquistas durante los años cuarenta, cuando la contienda bélica había concluido tiempo atrás solo en apariencia. Pero la novela es, al propio tiempo, un testimonio de la firmeza y la determinación de los vencidos, encarcelados o en el monte, de su dignidad y rebeldía, de su compromiso frente a la humillación y la derrota. Todo fluye a través de una prosa emocionante y verdadera, heroica por momentos, como acontece con la mejor literatura al servicio de las causas más nobles de la condición humana. "La voz dormida al lado de la boca. La voz que no quiso contar que todos habían muerto...". "Es ya noche cerrada. La pareja camina por la calle Atocha. Pepita mira a Jaime. Y Jaime no deja de mirarla. Llueve. Fue larga, aquella tormenta de verano" (final). La novela ha sido llevada al cine por Benito Zambrano (maravillosa su Solas, 1999), La voz dormida (2011), que ha conseguido desde luego una narración también eficaz y emotiva, pero desprovista de la hondura y del alcance simbólico de su fuente.

jueves, 7 de julio de 2011

Jorge Semprún y la memoria permanente del Mal radical

Jorge Semprún, escritor brillante, guionista cinematográfico, poeta y ensayista, luchador en la Resistencia, deportado durante casi dos años en el campo nazi de Buchenwal ("Weimar, ciudad de cultura y campo de concentración"), miembro del comité ejecutivo del partido comunista y expulsado después de la organización por su disidencia ideológica, crítico sobrevenido y feroz del estalinismo  (el Federico Sánchez de su demoledora Autobiografía), ministro de cultura en uno de los gobiernos de Felipe González, ha escrito varios libros de memorias y alguna novela. Toda su obra en conjunto es, sin embargo, una lúcida y unitaria reflexión sobre la abominación de que es capaz el hombre, sobre la experiencia del Mal radical y sobre la necesidad de escribir a pesar de esta angustiosa comprobación. El propio Semprún da cuenta de todo ello, de modo especial, en un libro inolvidable, La escritura o la vida (1995), seguramente su más racional y conmovedora confesión... "Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor forma de conseguirlo es la escritura. En eso estoy: sólo puedo vivir asumiendo esa muerte mediante la escritura, pero la escritura me prohíbe literalmente vivir"..."Me convertí en otro para poder seguir siendo yo mismo", porque "la escritura me ha vuelto otra vez vulnerable al desasosiego de la memoria". Jorge Semprún es verdaderamente uno de los pocos imprescindibles. Como ha dicho Claudio Magris, el amigo que uno querría tener, tanto cuando se está de fiesta, como cuando arrecia el leviatán. 


martes, 14 de junio de 2011

Guzmán Gombau fotografía el VII Centenario de la Universidad de Salamanca

"Guzmán Gombau fotografía el VII Centenario de la Universidad de Salamanca (1953-1954), Liberalización cultural y apertura internacional de la universidad franquista"
(Exposición 15 de junio-2 de octubre-2011, Sala de Exposiciones, Patio de Escuelas Menores, Universidad de Salamanca)


Manuel Heras, Carlos Palomeque y Julio Cordero
(Sala de Exposciones, Patio de Escuelas Menores, Universidad de Salamanca)

Programa de mano de la exposición

La Universidad de Salamanca llevaba a cabo, a través de las celebraciones habidas durante 1953 y 1954, la conmemoración de sus setecientos años de existencia, tomando para ello como referencia el día 8 de mayo de 1254, en que el Rey Alfonso X El Sabio promulgaba una real cédula de reorganización jurídica del Estudio. Siendo así, sin embargo, que la crónica institucional de nuestra Academia había arrancado cuatro décadas antes, en 1218 con exactitud, de la mano de la decisión fundacional de su abuelo Alfonso IX de León. De este modo, las autoridades políticas y universitarias del Régimen eligieron el momento adecuado para acometer una vasta operación de legitimación académica exterior del Estado nacional, al mismo tiempo que comenzaban a abrírsele los foros internacionales de la posguerra. La mirada fotográfica de Guzmán Gombau sobre este VII Centenario “diferido” de la Universidad de Salamanca ofrece desde luego un testimonio medido y extraordinario de aquella historia.
«Con emocionada alegría y ansia de renovada grandeza acude esta Universidad a las fiestas de su VII Centenario […]».
De modo tan retórico como excesivo, habitual por lo demás en el lenguaje administrativo del momento político, comenzaba el Rector Antonio Tovar Llorente la memoria que dirigía el 17 de marzo de 1953 al Ministerio de Educación Nacional, acompañando el “proyecto de presupuesto de gastos” que la Universidad de Salamanca proponía «para atender a la conmemoración del VII Centenario de su fundación». Se disponía ésta, así pues, a celebrar la memoria de sus setecientos años de antigüedad. O, mejor dicho, de su reorganización jurídica o “constitución definitiva” por el Rey Alfonso X El Sabio, el 8 de mayo de 1254. Porque, no debe ser olvidado, la crónica institucional de nuestra Academia había comenzado ya verdaderamente cuatro décadas antes, en 1218 con certeza, con la decisión fundacional de su abuelo Alfonso IX de León.
Las celebraciones de este VII Centenario diferido de la Universidad de Salamanca se extendieron realmente a lo largo de los años 1953 y 1954, a través de acontecimientos dispares como las Jornadas de Lengua y Literatura Hispanoamericanas, la Asamblea de Universidades Hispánicas y, en fin, los doctorados honoris causa que recibieron de modo separado Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado y dictador, y diez profesores extranjeros. Y de todo ello iban a dar cumplido testimonio desde luego las extraordinarias fotografías que Guzmán Gombau Guerra (Salamanca, 1909-Madrid, 1984) habría de dejar para la posteridad. Fotógrafo perteneciente a la segunda generación de la escuela gráfica salmantina de los Gombau, nos ha legado retratadas las ceremonias del Centenario, a través de más de quinientas instantáneas en blanco y negro e inéditas en su mayoría, conservadas en excelente estado y digitalizadas gracias a los desvelos de su hijo Jorge Gombau.
Sin que verdaderamente el VII Centenario de la Universidad de Salamanca, conmemorado con retraso en plena etapa azul del franquismo, ni tampoco los acontecimientos patrióticos que lo envolvieron, deban ser tenidos con seguridad como paradigma de celebración, en la medida en que los tiempos políticos de entonces y de después impiden lógicamente cualquier comparación rigurosa entre dictadura y democracia, lo cierto es que la Universidad de Salamanca transitó a lo largo de aquellos años por una senda de indudable interés histórico que ahora queremos descifrar. Y desde luego, pocos expedientes se ofrecen tan atractivos para llevar a cabo este propósito como la “mirada” de la conmemoración y de sus actividades que transmite la fotografía amasada de Guzmán Gombau, para situar al observador que se detenga en ella ante los detalles de ese “otro VII Centenario”, el de los gestos y ademanes complacidos o ansiosos de sus protagonistas, en el uso de la palabra o en la difusión pública de sus vestimentas académicas en procesiones y cortejos, el de la expectante curiosidad de mirones y transeúntes, el de, en fin, los trazados arquitectónicos de tantos monumentos asombrosos como se dignaron prestar sus orgullosos portes para los festejos.
A ello responde precisamente la exposición que la Universidad de Salamanca ha preparado, de la mano de la Oficina del VIII Centenario y del Servicio de Actividades Culturales de la misma, además de otras colaboraciones importantes de dentro y fuera de la institución. El cuidado catálogo que la acompaña, que dará a buen seguro testimonio permanente de una muestra excepcional en la edición del Servicio de Publicaciones de nuestra Universidad, está por cierto en las mejores condiciones de acompañar a la reproducción de las fotografías expuestas, una extensa muestra del conjunto disponible, a partir del análisis adecuado del escenario histórico más amplio, político, social y cultural, en que las celebraciones de aquel centenario tuvieron lugar.
Durante la década de los cincuenta del siglo XX se asentaba ciertamente la nueva legitimación exterior del Estado “nacional sindicalista” surgido de la Guerra Civil. En 1953 se suscribieron los Pactos de cooperación con Estados Unidos y el Concordato con la Santa Sede y en 1955 España ingresaba en la Organización de Naciones Unidas como miembro de pleno derecho. Su­­pe­­ra­­­­da así una primera etapa de au­­tar­­quía económica y de aislamiento internacional, aquellos «años de vertical saludo e imperial lenguaje» de que habló Juan Goytisolo, el país iniciaba a lo largo de este período otra de crecimiento económico, a raíz del “plan de es­­ta­­bi­­lización” (1959) y de los “planes de de­­­sarrollo económico y social” acometidos a continuación (1963 en adelante). La dirección política fa­­lan­­gis­­ta del primer momento dejará paso, en consecuencia, a los sec­­to­­res tec­­nocráticos del Régimen, que impulsarán la activación económica y una cierta li­­­beralización del mismo den­­­tro de su continuidad institucional. No es ajeno a todo ello, por lo tanto, el tiempo elegido por las autoridades políticas y académicas de la época para la conmemoración del VII Centenario de la Universidad, comenzando por el año 1953, uno antes por cierto de cuando correspondía conforme a la fecha que ellas mismas habían decidido como referencia cronológica.
Pero, en fin, ha llegado la hora de dejar hablar a Guzmán Gombau y a su elocuente crónica fotográfica de aquellas celebraciones.

Manuel Carlos Palomeque
Comisario de la exposición
Cartel oficial de la exposición

Rector Tovar, gobernador militar, gobernador civil y obispo de la diócesis
(Plaza Mayor, cortejo preparatorio de autoridades y profesores, 12 de octubre de 1953)

Plaza de Anaya, cortejo académico de autoridades, representantes y delegados de universidades, 12 de octubre de 1953

Rector Tovar, ministro Ruiz-Giménez y obispo Barbado Viejo
(Patio de Escuelas, ante la estatua de Fray Luis de León, cortejo académico, 12 de octubre de 1953)

domingo, 22 de mayo de 2011

Isla Margarita, Venezuela (mayo 2011)

"[...] Los bergantines no fueron a tocar tierra en el mismo lugar de la isla Margarita porque la marea llevó el segundo a otra playa distante unas dos leguas. Era un día lunes por la tarde a 20 de julio de 1561 [...]"
Ramón J. Sender, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, 1964

Una novela maravillosa que he releído después de mi viaje a Isla Margarita, Estado de Nueva Esparta, el único insular de Venezuela, del que forman parte también las islas de Cubagua y Coche. Una antiepopeya grandiosa sobre la locura de lo imposible y el abandono de los visionarios a una suerte ya decidida por la tarumba equinoccial y la cólera de Dios [así tituló Werner Herzog en 1972 su confusa película sobre Lope de Aguirre y la búsqueda del Dorado]... "Un país sin invierno es un país engañoso, donde sólo puede vivir gente enemiga de Dios"..."Bebería desde la mañana hasta la noche, sólo por estar siempre flotando en esa niebla suavecita donde se acaban los pesamientos, los buenos y los malos, los angelicales y los cabrones [...]". Porque, que nadie se olvide de ello, "los peores sinsabores y angustias del hombre vienen de lo mismo: del no entender o del entender a medias". O, mejor aún, en boca de doña Inés de Atienza, la bellísima mestiza amante del gobernador don Pedro de Ursúa ["debe ser cansado quehacer para las mujeres ese de ser hermosas"], "me gustaría -decía en éxtasis- ser creyente religiosa y que hubiera infierno y condenarme por ti, amor mío".   
                                                                                                                                                                                                                                                                                        
Iván Mirabal, Carlos Palomeque, Óscar Hernández, Ana Mª Colmenares y Mario Pasco
Iguana Beach, Hotel Lagunamar
Iguana Beach, Hotel Lagunamar

Carlos Palomeque y Wilfredo Sanguinetti, Restaurante Rubén, Porlamar

domingo, 20 de marzo de 2011

Los Maestros de la República


Historia de una maestra (1990) es la maravillosa novela de Josefina Aldecoa (La Robla, León 1926-Mazcuerras, Cantabria 2011) que he querido releer estos días como tributo emocionado a su autora y al final de sus días que se acaba de producir. Fue escrita, tal como ella misma ha reconocido, como homenaje a su madre "y a los maestros de la República, a su esfuerzo y dedicación en unos momentos de nuestra historia en los que su sacrificio estaba justificado por la necesidad de salvar al país educándolo, pues tal fue el mandato que recibieron". De qué manera tan delicada y verdadera narra en primera persona Gabriela López Pardo, la maestra de la historia, las durísimas condiciones de vida y de trabajo de los maestros rurales, de ella misma, de su marido Ezequiel y de tantos otros comprometidos con el sueño republicano, durante un tiempo cruel en que les fue dado asistir por el mismo precio al comienzo y al final de las ilusiones colectivas. "[...] Éramos jóvenes, me digo [se decía Gabriela con la perspectiva del tiempo transcurrido], y puede ser que lo que yo recuerdo como felicidad fuese tan sólo la plenitud de nuestros cuerpos, la facilidad para dormir y despertar, la resistencia de los músculos. Éramos jóvenes y el vigor físico nos enardecía, nos impulsaba a luchar por algo en lo que creíamos: la importancia y la trascendencia de nuestro trabajo" [...]. También mi padre, digo yo ahora, fue maestro republicano, expedientado y readmitido en el cuerpo no sin depuración después de la guerra. Y también he leído el libro en homenaje consciente y sentido a él, Carlos Palomeque de Miguel, y a su esforzada dedicación docente en escuelas primarias diversas e imposibles. "[...] En Villaviciosa de Odón [he tenido ocasión de escribir en otro lugar y bienvenido sea ahora el recuerdo] mi padre fue maestro nacional hasta su jubilación y director del grupo escolar Hermanos García Noblejas. Digo que fue maestro nacional, como él quería ser reconocido, y no profesor de educación general básica, como solía preferir el lenguaje oficial, que anteponía así la expresión equívoca a los viejos recelos suscitados por la profesión. En Villaviciosa yo, con el bagaje de un bachillerato de letras recién terminado, ayudaba a mi padre en las clases particulares de griego y latín que impartía durante el verano a los hijos de las familias madrileñas que habían malgastado a lo largo del curso costosas tarifas en afamados colegios. En Villaviciosa, en fin, me harté de jugar al fútbol y también al futbolín, que no es lo mismo, pero es igual [...]".

Manuel Carlos Palomeque

  

sábado, 5 de marzo de 2011

Tiempo de cuentos

(Ignacio Martínez Pisón, Partes de guerra, RBA Libros, 2009)



No existe diferencia sustancial alguna, por lo que a la naturaleza del relato se refiere, entre una novela y un cuento, como no sea eso sí la diversa longitud o extensión del escrito y las consiguientes secuelas de un hecho como éste. Ya sé, sin embargo, que tan terminante afirmación no es compartida del todo por la crítica, dispuesta siempre a enumerar un buen puñado de razones técnicas que obligan a distinguir entre una y otra modalidad de la narración en prosa. Yo en cambio considero que la distinción es tan sólo convencional y que la brevedad sigue siendo una guía racional y relativamente segura (por no hablar de novelas cortas y de cuentos largos) para atribuir su condición debida a una obra de ficción, aunque no sea lícito por cierto recabar certeza y exactitud de los productos del espíritu. Cuánta enjundia y magnificencia literarias se hallan verdaderamente en cuentos imprescindibles, de Poe, Chéjov o Maupassant sin mucho rebuscar, en tanto que una pléyade de novelas pretenciosas exhiben su insufrible nadería a lo largo de centenares de páginas escritas en todas las lenguas, y aquí no voy a poner ejemplos, por lo que pido disculpas ante la falta de simetría en el discurso.

Pero, hablemos de cuentos y del idilio que el género parece sostener en el presente con el público lector, si se me permite la contradicción. Decía hace poco el flamante ganador del concurso internacional de cuentos Miguel de Unamuno en su última edición que nuestro modo de vivir contemporáneo, entre la prisa y el ajetreo sin mesura, que apenas libera tiempo para el cultivo intelectual de los adultos, debería entronizar al cuento y a su breve propuesta de deleite como señor del entretenimiento (la idea es suya, las palabras mías). Sea como fuere, y no sé si tendrá razón o no, otro día volveré sobre este asunto.

Por el momento, me contentaré con recomendarles un excelente libro de cuentos que se acaba de publicar. Ignacio Martínez de Pisón ha recogido, bajo el título Partes de guerra (RBA Libros, 2009), una antología de treinta y cinco relatos de algunos de los mejores escritores de ambos bandos de nuestra guerra civil, desde Arturo Barea o Max Aub a Edgar Neville o Luis López Anglada, además de otros posteriores, con el original propósito de componer una narración colectiva y sinfónica sobre la contienda y la rúbrica de la calidad literaria como soporte general.

Manuel Carlos Palomeque

Sostiene mi amigo

(Mauricio Wiesenthal, Libro de réquiems, Edhasa, Barcelona, 2004, 3ª reimpr. 2007)

Sostiene mi amigo, que por cierto no se llama Pereira ni siquiera es portugués, que sólo la lectura es antídoto adecuado contra las tribulaciones que producen los malos tiempos, como los que ahora toca vivir a tantos sin remedio. Pero entonces, le hago saber al instante, quien no haya leído nunca ni piense hacerlo jamás, y ello le ocurre siendo muy generoso a la mitad de la población, ¿deberá resignarse a perecer a manos del desasosiego? No lo creo, de verdad, prosigo con firmeza, pues estas personas carecerán siempre de la medida precisa para poder saber si dejaron o no de ganar con su práctica iletrada, de la que además en la mayoría de los casos no pueden responder.

 Es muy sencillo, sostiene mi amigo, si tu vida no te gusta, aunque no sepas si alguna vez lo llegó a hacer, si la crisis económica te ha dejado sin empleo, o acaso el empresario te lo ha quitado porque aquélla pasaba por allí, o inclusive si  has llegado a comprender que tus sueños del esplendor tienen en realidad los pies de barro, puedes encontrar un recambio de conveniencia en la literatura. En ella, y recorriéndola a tu antojo, podrás elegir entre el vino y las rosas, entre la mar y el viento o también entre el amor y la pesadilla. Y, si no te gusta la primera opción, te quedará siempre el recurso a muchas más, que todas las historia caben en los libros de historias. Más aún, podrás tomar fragmentos de unas y otras y combinarlos a voluntad y en caprichosa proporción hasta conseguir la historia perfecta. Aunque sea tan sólo para un rato, porque, superado el deleite momentáneo, siempre te quedarán más, a diferencia de lo que sucede en tu vida real, aunque a cambio nunca llegues a saber cuál de las dos es la verdadera, si la vida que crees vivir o la fingida.

 Bueno, bueno, no tuve más remedio que interrumpir la perorata, déjate de especulaciones y ponme un ejemplo de todo ello. ¿Qué libro tendría que abordar ahora para vivir mil vidas y no sólo la mía?, se me ocurrió preguntar. Pues, qué bien, fue su respuesta, el Libro de réquiems de Mauricio Wiesenthal, así como el cazador de nazis, aunque no sea él ni su hijo, una recopilación fascinante de famosos personajes (Mozart, Goethe, Nietzsche, Casanova y tantos otros), fetiches que han marcado la vida del autor y también la mía, sostiene mi amigo, que no se llama Pereira ni es portugués.

Manuel Carlos Palomeque

Luis Enrique de la Villa dirige un ambicioso y colosal comentario legislativo

(AA.VV., L. E. de la Villa Gil director, Comentarios al Estatuto de los Trabajadores, Iustel, Portal Derecho, Madrid, 2011, 1.446 pp.)

      El desarrollo de la Constitución en materia de relaciones de tra­­­­ba­­jo comenzaba, como es sabido, por el cumplimiento del mandato con­­te­­­ni­­­do en su artículo 35.2: «la ley regulará un estatuto de los trabajadores». Habría de ser, así pues, la Ley 8/1980, de 10 de marzo, del Estatuto de los Trabajadores, la pri­­­­­­­­­­mera norma legislativa postconstitucional de contenido laboral, por­­ta­­do­­ra del propósito de renovar en el plano de la le­­ga­­li­­dad or­­di­­na­­ria el modelo de relaciones de trabajo heredado del régimen franquista, al propio tiem­­­­­­­­­­po que, condicionada, también entonces, por la grave situación de crisis eco­­nó­­mi­­ca en que nacía y a la que pretendía hacer frente, expresiva de una regulación flexible de las modalidades de contratación laboral. Se ha dicho así, con acierto, que el Es­­tatuto de los Trabajadores recibe el nombre del cambio político, en tanto que su pro­­­­­­­­­pia sustancia y cuerpo de la crisis económica.
La aceptación por el legislador constituyente de la expresión estatuto de los trabajadores, decididamente ajena a la tradición jurídica laboral es­­pa­­­­ñola, ya que no así a los ámbitos propios del Derecho Administrativo, res­­­­­­­­­pondía sin embargo a un contexto preciso. A pesar, por cierto, de que la Constitución Española emplease el término estatuto en varias ocasiones, como sinónimo siempre de norma re­­gu­­­­­­­­ladora de una actividad profesional en sentido amplio, ya sea para, ade­­más de los trabajadores, el personal de las Cortes Generales, los fun­­cio­­na­­rios públicos, las fuerzas y cuerpos de seguridad o el personal al servicio de la administración de justicia (arts. 35.2, 72.1, 103.3, 104.2 y 122.1).
Por lo que aquí interesa, resultó decisiva la influencia me­­dia­­ta de la promulgación en Italia de la Ley de 30 de mayo de 1970 [por la que se establecían “normas sobre la tutela de la libertad y dig­­ni­­dad de los trabajadores, de la libertad sindical y de la actividad sindical en los lugares de trabajo, y normas sobre co­­lo­­ca­­ción”], conocida ha­­bitual­­men­­te como statuto dei lavoratori y presentada con razón como una de las dis­­posiciones legales más in­­flu­­yen­­­­­­­tes en la historia com­­pa­­ra­­da del Derecho del Trabajo. Suponía rea­­l­­men­­­­­te la consagración legis­­la­­ti­­va general por vez primera de dos nociones tras­­cen­­den­­­­ta­­les en la historia moder­­na de las instituciones jurídico-laborales: la tu­­te­­­la de la libertad y de la dig­­ni­­­­dad de los trabajadores dentro de los centros de tra­­bajo y la presencia insti­­tu­­cio­­na­­li­­­­za­­­­da del sindicato en la em­­presa a través de órganos específicos.
Y la irradiación de la influencia extraordinaria del “estatuto italiano” llegaba a Es­­pa­­­­­­­­ña en plena Transición política, cuando se estaban discutiendo los ele­­men­­tos configuradores del nuevo mar­­co democrático de relaciones laborales su­­­­­­­­perador del existente durante el fran­­quismo. Y no antes, a sal­­vo de las referencias puramente aca­­­­démicas, al haber estado centrada la pre­­o­­cu­­­­­­­­­­­pación de las fuerzas polí­­ti­­cas en las incógnitas que plan­­­­­­teaba la sustitución de la dic­­tadura.
De este modo, los sindicatos es­­pa­­ño­­­­­­­­les asumían la propuesta de un código de derechos de los trabajadores, co­­­­­­mo expresión de ruptura con el modelo autoritario anterior [así el I Congreso Con­­federal de CCOO, Madrid, junio 1978, y su reivindicación de la «pro­­­mulgación de un código de de­­re­­chos de los trabajadores que garantice que la democracia penetre en la em­­pr­­­e­­­­­sa y en las relaciones laborales»]. Fi­­nal­­mente, el Gobierno y las fuerzas po­­­­líticas con representación par­­la­­­men­­ta­­­ria que suscriben los criterios pre­­vios a los Acuerdos de la Moncloa (oc­­tubre 1977) aceptarán dicha pro­­pues­­­­ta, por entender que la superación de la crisis económica que afectaba al país se vería facilitada al introducirse en el sistema económico una serie de modificaciones de fondo, referentes, en­­tre otros ámbitos, a la «trans­­­for­­ma­­ción del marco actual de relaciones labo­­ra­­les por medio del desarrollo de la acción sindical y de un código de de­­re­­chos y obligaciones de los tra­­ba­­ja­­do­­­­res en la empresa». Este compromiso no iba a recogerse, sin embargo, en el texto propio de los acuerdos eco­­nó­­mi­­cos, para quedar diluido en el pro­­­­­­­­ceso de elaboración del pro­­yec­­to constitucional y renacer, ya en la letra del artículo 35.2 CE, de la ma­­no de la fórmula definitiva de un «es­­ta­­­tu­­­­to de los trabajadores».
La expresión no dejaba de ser, a pesar de todo, una formulación constitucional nota­­ble­­men­­­­­­­te ambigua, susceptible en principio de amparar un contenido harto plural. Se trataba ver­­da­­de­­ramente, a partir de la letra del artículo 35.2 de la Constitución, de una ca­­tegoría “rel­­le­­nable” a voluntad del legislador ordinario, en función de la particular óptica de política legislativa esgrimida para la ocasión. Y no pasaba desa­­per­­ci­­bi­­do, en prueba de la indeterminación del término, que, en tanto que el común de los preceptos constitucionales lo acotaban con un artículo determinado [la ley regulará el estatuto, o fórmula si­­mi­­lar], el 35.2 encomendaba en cambio al legislador la re­­gu­­la­­ción de un estatuto de los tra­­­­­bajadores.
Ello no hacía, verdaderamente, sino trasladar el problema del “estatuto” a la operación de dotarlo de un contenido normativo apropiado, sobre cuya solución llegaron a barajarse diferentes propuestas dentro del debate jurídico laboral del momento. Sin embargo, el Estatuto de los Trabajadores resultante de la Ley 8/1980, de 10 de marzo, se apar­­­­taba de modo consciente de estas posibilidades. Le­­­­­jos de ser una norma di­­ri­­­­­gida a promover y garantizar los derechos propios de la posición ju­­rí­­­­dica [individual y colectiva] de los trabajadores asa­­lariados, el Estatuto des­­can­­­­saba finalmente sobre un triple contenido libremente de­­cidido por el Go­­bier­­­­­no en el correspondiente proyecto legislativo y no des­­virtuado por las Cor­­­­tes Generales [si se exceptúa la supresión de un tí­­tu­­lo relativo a los con­­flictos de trabajo, con el fin de propiciar la aceptación ge­­neral del pro­­yec­­to gubernamental por parte de la oposición socialista] du­­rante la tra­­mi­­ta­­­ción parlamentaria del mismo: 1) la regulación sis­­te­­má­­ti­­ca del contrato de trabajo [título I, «de la relación individual de trabajo»], bá­­­­si­­­camente a través de la refundición de las normas con rango de ley vi­­gen­­­­­tes en la materia [Leyes de contrato de trabajo de 1944, de re­­la­­cio­­nes la­­­­bo­­rales de 1976 y RD-L de relaciones de trabajo de 1977], in­­tro­­du­­­cien­­­­do con todo modificaciones de detalle varias; 2) la regulación de la re­­­­­­pres­­­en­­­ta­­­­ción unitaria de los trabajadores en la empresa [título II, «de los de­­­­re­­­chos de representación colectiva y de reunión de los trabajadores en la em­­­­pre­­sa»], ya anticipada durante la transición democrática por el RD 3149/1977, de 6 de diciembre, sobre elección de representantes de los tra­­ba­­­­­­ja­­do­­res en el seno de las empresas; y 3) la regulación de los con­­ve­­nios co­­­­lect­­i­­vos [título III, «de la negociación y de los convenios co­­lec­­ti­­vos»], que rompe de modo decidido con el mo­­de­­­­­lo limitado de negociación resultante de la Ley 18/­­1973, de 19 de diciembre, de convenios colectivos sindicales de trabajo, al re­­conocer sin am­­ba­­ges el pa­­pel creador de la autonomía co­­lec­­tiva.
Se había conseguido, de este modo, un “estatuto de los trabajadores” calificable como tal tan sólo desde un punto de vista formal. Se había cumplido, es cierto, el mandato nominal del artículo 35.2 CE, promulgándose una disposición legislativa que incorporaba la mención constitucional, aunque su contenido normativo se apartase finalmente de las expectativas reales abiertas por la misma. En cualquier caso, los treinta y un años transcurridos de aplicación continuada de esta Ley han aca­­­­­­ba­­­­do por convalidar en la práctica las razones que en su momento justificaron una decisión legislativa como la adoptada. Otra cosa es, por cierto, la crítica política dirigida hoy a su contenido normativo desde posiciones flexibilizadoras, que no dejan de denunciar el anclaje de la disposición en un modelo de producción sometido en el presente a una transformación profunda.
El Estatuto de los Trabajadores sería objeto, du­­ran­­te los años inmediatos a su promulgación, de numerosas y en oca­­­­sio­­nes pro­­fun­­­das modificaciones legislativas [a lo largo de los catorce años com­­pren­­di­­dos entre la entrada en vigor de la Ley y la gran re­­for­­ma del or­­de­­na­­mien­­­­­­­­to laboral de 1994, el Estatuto ha­­bía sido modificado nada me­­­­­­nos que en ocho ocasiones]. Hasta tal punto, que la disposición final sexta de la Ley 11/1994, de 19 de mayo, por la que se mo­­di­­fi­­caban una vez más [y esta vez de modo tras­­cen­­­dental] numerosos ar­­­tí­­­cu­­los del mismo, autorizaba al Gobierno pa­­­­ra que, en el plazo de seis meses des­­de su entrada en vigor [hasta el día 12 de di­­­­ciem­­­­bre de 1994, por lo tan­­­­­to], elaborase un texto refundido de la Ley 8/1980, del Estatuto de los Tra­­ba­­­­­­­­ja­­dores, incorporando, ade­­más de las mo­­­­di­­­­­­­­fi­­­caciones producidas por aquélla, las llevadas a cabo por las dis­­po­­si­­cio­­nes le­­­­­­­­­­­gales que citaba nomi­­na­­ti­­va­­men­­te, así co­­mo los cambios derivados de otras le­­yes igualmente relacionadas.
Por lo demás, y sin que se hubiese cumplido dicho mandato dentro del pla­­zo previsto, la Ley 42/1994, de 30 de diciembre, de “acompañamiento” a la de Presupuestos Generales del Estado para 1995, llevaba a cabo nuevas modificaciones del Estatuto de los Trabajadores, como había hecho asimismo la Ley 10/1994, de 19 de mayo, sobre medidas urgentes de fomento de la ocupación, llamada a integrarse también en el texto refundido pendiente. Por eso, aquélla au­­to­­ri­­­zaba de nuevo al Gobierno pa­­­­­ra la elaboración, en el plazo de tres me­­ses des­­de su entrada en vigor [es­­to es, an­­tes del día 1 de abril de 1995], de un tex­­­to refundido de la Ley 8/1980 del Estatuto de los Trabjadores, «incorporando, además de las mo­­­­di­­­ficaciones introducidas por la pre­­­­sen­­te Ley, las efectuadas por las [dis­­­­posiciones legales que cita]», así co­­mo, «dán­­­doles la ubicación que les cor­­­­res­­­­­ponda», los cambios de­­ri­­­va­­­dos de otras dis­­­posiciones que asimismo men­­­­­­­ciona, debiendo proceder, por úl­­­­ti­­­mo, a «las actualizaciones que re­­sul­­ten procedentes como consecuencia de los cambios producidos en la or­­ga­­ni­­­­­­­zación de la Administración General del Estado desde la promulgación de la Ley 8/1980, de 10 de marzo» (disp. fi­­nal 7ª). Todavía más, la disposición fi­­­­nal de la Ley 4/1995, de 23 de marzo, de re­­gulación del permiso parental y por maternidad, ordenaba incluir en el correspondiente texto refundido las mo­­­­­­dificaciones producidas en el Estatuto de los Trabajadores por ella mis­­­­­­­­ma.
Y así, dentro ya del plazo renovado, el Real Decreto Legislativo 1/1995, de 24 de marzo, aprobaba el Texto Refundido de la Ley del Es­­ta­­­tu­­­­­to de los Tra­­ba­­­­ja­­dores, que se insertaba como anexo a continuación y en­­­­­traba en vi­­gor el día 1 de mayo de 1995. El nuevo cuerpo normativo ampliaba su contenido, como consecuencia de los singulares tér­­­­­­­­minos del mandato legal de refundición y la consiguiente incorporación de ma­­te­­rias que se encontraban dispersas en diferentes disposiciones le­­ga­­les [y no só­­lo de modificaciones propiamente dichas del Estatuto], y pasaba a disponer de cuatro títulos [fren­­te a los tres originarios], re­­la­­­ti­­­vos, respectivamente, a la relación in­­di­­­vidual de trabajo (arts. 1 a 60), los derechos de re­­pre­­sen­­­­­­­­ta­­c­­ión co­­lec­­ti­­va y de reunión de los trabajadores en la empresa (arts. 61 a 81), la ne­­go­­­­­ciación y los convenios colectivos (arts. 82 a 92) y, no­­ve­­­do­­­­­­sa­­men­­­­te, las in­­fracciones laborales (arts. 93 a 97).
Sin embargo, este último título, que incorporaba las normas sobre la materia procedentes de la Ley de Infracciones y Sanciones en el Orden Social, era derogado de modo expreso e íntegro, en un viaje de ida y vuelta cantado, por el Texto Refundido de ésta, que rescataba así en el año 2000 [a través de ésta y de otras operaciones derogatorias semejantes] su originaria vocación general dentro del ámbito administrativo sancionador en el orden social (STC 195/1996) y, a fin de cuentas, devolvía a la Ley del Estatuto de los Trabajadores la estructura normativa y el contenido institucional [triple en ambos casos, como se sabe] con que había nacido.
Con todo, el vigente Texto Re­­fun­­­­­­­dido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores, objeto de los Comentarios de que aquí se da cuenta, no ha dejado de ser objeto, por su parte, de modi­­­fi­­­caciones de diverso al­­­­cance por normas legales pos­­teriores, que auguran seguramente una nueva refundición en el futuro. La última de las cuales, por el momento, no es otra que la importante Ley 35/2010, de 17 de septiembre, de medidas urgentes para la reforma del mercado de trabajo [la “versión 2010 de la reforma laboral permanente”, como he titulado en otra ocasión], asimismo incorporada a nuestra obra.
Sea como fuere, lo cierto es que la Ley del Estatuto de los Trabajadores comparece ante el observador desde luego, como recuerda Luis Enrique de la Villa en el prólogo de la obra, como «la norma jurídico laboral más importante del ordenamiento español». Y, como tal, no puede sorprender naturalmente que haya sido objeto a lo largo de sus muchos años de vigencia de un sinfín de ediciones comentadas con uno u otro propósito y alcance efectivo. Ahí está por todas ellas, ciertamente, y sin que me permita ahora ninguna otra referencia, la que el maestro Manuel Alonso Olea dirigía con ocasión del vigésimo cumpleaños de la disposición legal [El Estatuto de los Trabajadores. Veinte años después, 2000], que veía la luz como número 100, especial monográfico en dos volúmenes, de la Revista Española de Derecho del Trabajo que aquél dirigía y, asimismo, en publicación independiente por parte de la Editorial Civitas de Madrid.
Ahora, cuando se cumplen treinta y un años desde la entrada en vigor de la norma, se publica el ambicioso y colosal comentario del Estatuto de los Trabajadores que Luis Enrique de la Villa Gil ha dirigido para Iustel. La labor de recopilación y comentario de disposiciones normativas laborales, sindicales y de seguridad social no había sido ajena verdaderamente a su producción científica. Antes al contrario, alrededor de una veintena de publicaciones habían recogido hasta la fecha el provechoso y cuidado balance general de este quehacer, practicado en su mayoría en equipo y bajo su dirección y de las que dan cuenta y pormenor las densas relaciones bibliográficas del autor. En esta ocasión, los Comentarios al Estatuto de los Trabajadores, bajo la dirección de Luis Enrique de la Villa, reúnen la esforzada contribución de dieciocho autores, entre los que se cuenta de modo principal el propio maestro, que se distribuyen el análisis del articulado de la Ley. Son los afortunados comentaristas, por el mismo orden alfabético con que aparecen en la portada de la obra y con su director al final, J. I. García Ninet, I. García-Perrote Escartín, A, Garrigues Giménez, E. Juanes Fraga, D. Lantarón Barquín, M. A. Limón Luque, Lourdes López Cumbre, J. R. Mercader Uguina, M. Nogueira Guatavino, A. de la Puebla Pinilla, Mª. G. Quintero Lima, B. Suárez Corujo, G. Tudela Cambronero, Y. Vadeolivas García, D. de la Villa de la Serna, G. de la Villa de la Serna, L. E. de la Villa de la Serna y L. E. de la Villa Gil.
La obra exhibe una coherencia y homogeneidad que la distingue con fuerza de otras experiencias del género. Por lo pronto, por la consistencia científica de su autoría, en la medida en que, a pesar de la pluralidad extendida de coautores, todos ellos participan sin excepción de un tronco doctrinal y formativo originario [«discípulos directos o discípulos directos de mis discípulos directos», «el sueño de un sueño», advertirá el maestro con legítimo orgullo en el mencionado prólogo]. Pero es que, además, destaca aquélla sobremanera por la portentosa y uniforme disciplina, marca de la casa desde luego, del método con que se acomete cada comentario de cada precepto de la Ley. «Tratar todos los preceptos con el mismo método –advierte el profesor de la Villa de seguido-, sean claros u oscuros, sustantivos o instrumentales, largos o cortos, muy estudiados por los colegas o apenas arañados por la literatura existente», puesto que, proseguirá a continuación sin merma de razón, «hay que reconocer que hacerlo de ese modo debe ser difícil pues no viene siendo la regla en este particular capítulo de la producción científica, que hace muchas veces de los libros de glosa legal una colección de comentarios tan dispares cuantos sean los autores de los mismos».
Cada comentario de los noventa y siete artículos [existen dos artículos bis] y de las treinta y siete disposiciones [dieciocho adicionales, trece transitorias, una derogatoria y cinco finales] de que consta el Estatuto de los Trabajadores, que no dejan de ser en realidad sino otros tantos ensayos sobre la materia o materias suscitadas por cada precepto [la autoría de los comentarios figura por cierto en una relación general previa], se compone estructuralmente de un quíntuple contenido.
El texto aborda, en primer lugar, los antecedentes del precepto objeto del comentario, «para [explica Luis Enrique de la Villa de nuevo en el prólogo de la obra, a quien se debe cuanto se entrecomilla a continuación] saber de dónde vienen [las normas], antes de decidir a dónde van». En segundo, las concordancias «siquiera más relevantes con otros preceptos del mismo y de distintos cuerpos normativos». En tercero, la jurisprudencia social, doctrina judicial y doctrina constitucional que «los supuestos de hecho contemplados por el legislador hayan merecido a lo largo del tiempo». En cuarto, los esfuerzos doctrinales precedentes, «sin cuyo conocimiento la lectura del comentario queda inevitablemente coja». Y, en quinto y último, la aportación personal de quien «se compromete a decir algo que ni se desprende con sencillez del mero acercamiento a la dicción legal ni, en la medida de lo posible, ha sido dicho con anterioridad».
Sólo queda, en fin, que el lector de estas líneas, interesado por hipótesis en el ordenamiento jurídico laboral, se adentre sin demora en el conocimiento de una obra a todas luces imprescindible.


Manuel Carlos Palomeque